Alain Derbez
El texto que sigue es sobre el que me basé para
presentar el 22 de octubre pasado, en el marco del Festival Internacional de
Jazz de Tampico, Tamaulipas, mi libro de El jazz en México (yo tengo otros
datos). Aparte de las palabras, por supuesto, hubo música. Tocamos Manuel
Viterbo el banjo, Daniel Reséndiz la guitarra y yo el saxofón soprano: el trío
PPN. Va entonces:
En este gordo
libro de la historia del jazz en México (FCE) se menciona a Tampico varias
veces. En las páginas 89, 90, 109, 111, 138, 316, 317, 318, 346, etc.
Se menciona a
Tampico porque escribo sobre Lorenzo Tío padre, Lorenzo Tío hijo y su hermano
Luis Tio, afroamericanos que en su historia personal hermanan esta ciudad y
Nueva Orleans y quienes definirán, desde sus clarinetes y saxofones la historia
de los inicios del jazz en el mundo. ¿Jazzabían o hasta ahorita?
Se lee por
ejemplo en la página 111:
Estamos en la
penúltima década del siglo XIX, la primavera de 1885: la humedad que se huele y
que se siente viene del Río Misisipi, de los pantanos, el bayou y de ese Mare
Nostrum y caldo de cultivo llamado Golfo de México, donde para allá esta Cuba,
más acá los puertos de Tampico y Veracruz y en aquella cornisa, yucateca, una
península. Adentro del kiosko (el kiosko de la Alameda de Santa Maria de la
Ciudad de México que estuvo en la feria del algodón de Nueva Orleans) en la
década de los ochenta del siglo antepasado, lo que suena, lo que sigue sonando,
es una banda, un grupo que fuera fundado precisamente en Morelia y que dirigía
Encarnación Payén, una orquesta que dejará su impronta, más allá de los
coyunturales escuchas, en los jóvenes músicos locales que, tomando algunas
lecciones de su soplado instrumento con los maestros visitantes, pasado el
tiempo iban a tocar eso que se escribirá jass primero y luego jazz.
O en la página
138:
El diez de
junio de 1908 murió, clarinetista afroamericano de Luisiana que decidió radicar
en Tampico, Tamaulipas, Lorenzo Tío. Tío fue padre a su vez de Lorenzo y Luis
Tio, mexicanos que, ya avecindados en Nueva Orleans décadas luego, iban a
enseñar a varios futuros jazzistas a hacer lo suyo tanto en clarinete como en
saxofón.
Por supuesto,
del papel de los Tío, del inicio del jazz en Tampico y su íntima relación con
Louisiana, ya se platicará mañana cuando en este festival al mediodía en el
Museo de la Ciudad se hable del libro de José Castañeda con la presencia de
Mary Gehman: la ciudad del Charleston.
Puedo decir
que Tampico tiene presencia en este libro desde la portada porque el autor, que
es el artista plástico irapuatense Jazzamoart (Javier Vázquez Estupiñán), no
sería Jazzamoart, no tendría ese nombre y ese destino pictórico
entre el jazz, el amor y el arte, sin la medular presencia en su existencia de
la fotógrafa tampiqueña Nora Smith, sextante, musa y compañera.
Hablo de
Tampico igual cuando menciono el nombre del baterista Gonzalo González,
Chalillo, nacido aquí, figura relevante del jazz mexicano en los sesenta y
setenta del siglo XX y acompañante muchas noches de la añorada pianista Olivia
Revueltas; se habla de Tampico cuando cito el nombre del gran arreglista,
compositor, pianista, director de orquesta, Juan García Esquivel quien, entre
otras cosas, conjuntó jazzistas nacionales para hacer rocanrol en el cine
nacional y se habla de Tampico cuando menciono al trombonista radicado en
Madrid Alejandro Carballo o cuando me refiero al percusionista Evaristo Aguilar
a quien tuvimos la fortuna de escuchar anoche en la promisoria, lúcida y lucida
inauguración de este festival acompañando al cajón esa magnífica muestra de lo
que el jazz y el son huasteco en matrimonio pueden generar con magisterio si
Samuel Martínez al piano y voz y Jorge Morenos en voz y jarana, lo proponen.
En fin, que lo
que les quiero decir es que la realización de un Festival Internacional de Jazz
en Tampico con la vertebral presencia de músicos de Louisiana y de Cuba, de
España y de otras partes de México y de la región que nos alberga resulta más
que lógica en la historia al grito del jazz no sólo es de quien lo hereda sino
de quien lo trabaja.
Quizás – me
atrevería a sugerir- sería estupendo que para la próxima edición el nombre
rinda homenaje a Lorenzo Tío…pero bueno, es, diría mi tía abuela, un sugerir.
Ahí me quedo
por ahora porque quiero preguntarles: ¿En su infancia, en la infancia de sus padres,
de sus abuelos, fue importante la figura de Francisco Gabilondo Soler?
Seguramente entonces escucharon El ropavejero, esa canción que todo el mundo
conoce como el Señor Tlacuache y que tal vez el año pasado, cuando en octubre
del 2024 se hizo un gran homenaje a Cri Cri aquí, se pudo haber escuchado.
Entre sus
muchas opciones en la vida (marinero, astrónomo, boxeador, etc.) Gabilondo,
como el tío de Palinuro de México, el personaje de la novela de
Fernando del Paso, embarcó hacia Nueva Orleans desde Tampico en los años
veinte. El interés de Gabilondo era aprender los secretos de la linotipia y muy
probablemente lo hizo, pero lo cierto es que también aprendió y aprehendió, con
oído acucioso, las intimidades del blues y del jazz que se tocaba entonces en
Louisiana y de ahí lo trajo como tantas otras ofertas de la música del mundo
para enriquecer la baraja a manejar en sus composiciones primero como El Guasón
del Teclado y luego, creador de universos para los infantes y los padres de los
infantes, como Cri Cri.
(Y AQUÍ
ENTRAMOS CON LA MÚSICA TOCANDO EL TLACUACHE COMBINADO CON
EL SAINT LOUIS BLUES Y EL BLUE MONK PARA
REGRESAR AL TEMA DEL TLACUACHE LUEGO DE IMPROVISACIÓN EN
GUITARRA, BANJO Y SAX SOPRANO)
La música de
Gabilondo Soler como tantas otras, se difundió en los años veinte y treinta
gracias a la radio y ahí, desde las primeras emisiones también era posible
encontrar en el cuadrante esa música bailable y tarareable que se comenzaba a
anunciar con las cuatro letras “Jazz”, así fuera charleston o fox-trot o
dixie-land. El jazz y el blues, no obstante la poca gracia que les hacía
algunos (recordemos que el primer Secretario de Educación Pública, José
Vasconcelos, impulsor ferviente del nacionalismo en el arte, dejó claro en sus
memorias que el jazz lo había prohibido, lo había desterrado de las escuelas
por ser un espectáculo salvaje como los toros) seguía ahí. Partituras de jazz
se publicaban en diarios, semanarios y revistas y jazz había lo mismo en Mérida
que en Tijuana, Veracruz, la Ciudad de México y, desde luego, Tampico. El jazz-
dejaron claro los creadores del movimiento literario de los Estridentistas,
igual que la radio, que la electricidad, tenían presencia en su quehacer como
en otros campos del arte. (Ayer mismo, en este vestíbulo del Teatro Metropolitano,
poemas de estridentistas fueron dichos por el tampiqueño Eddi Segura), el
pintor Siqueiros hizo un retrato del compositor que hermanó la música académica
con el blues y el jazz, George Gershwin).
Bien lo
escribió otro poeta, Renato Leduc, para hablar del mar: “Por el temblor rumbero
de tus ondas, vienes a ser el precursor del jazz”.
¿Quién le iba
a decir al filósofo también creador del lema universitario “Por mi raza hablará
mi espíritu” que la primera película sonora mexicana, basada en la novela de un
confeso odiador del jazz, Federico Gamboa, iba a tener como pista sonora, algo
de jazz, del fox-trot que se entendía como jazz y que con una coreografía
incluida, pudo verse y escucharse en blanco y negro: “Santa”?
Entre otras
muchas cosas importantes que impulsó José Vasconcelos, por supuesto, hay que
destacar el tenaz esfuerzo por hacer presente en la nación entera la música de
los pueblos, la música regional. El jazz, los jazzistas, tenemos en esa música
folklórica, como en tantos otros veneros, una opción de nutrir nuestro
quehacer.
(AQUÍ ENTRAMOS
TOCANDO LA PIREKUA MICHOACANA FLOR DE CANELA Y LA COMBINAMOS
CON LA COMPOSICIÓN DE ABDULLAH IBRAHIM “AFRICAN MARKET PLACE”)
Continuemos
ahora platicando sobre eso que se bailó y se escuchó en la radio desde el jazz.
Brinquemos unas cuantas décadas. Desde Cuba ha llegado a México para que aquí
lo hagamos a nuestro enriquecido y particular modo, no sólo el danzón y otras
formas de la antillanía sino también el bolero. Y creadores de boleros, como el
tampiqueño Mario Kuri Aldana, también compositor de música contemporánea, o el
veracruzano Mario Ruiz Armengol, o el tapatío Vicente Garrido y hasta Armando
Manzanero y Arturo Castro, abrevarán en el jazz para sumar otras armonías a
esas canciones románticas.
Pues hasta ahí
porque nos ganó el tiempo y el concierto en la sala principal ha de comenzar.
De esto y de mucho más trata este libro sobre el jazz en México. Crónicas desde
la literatura, fotografías, tarjetas postales donde desde los veinte del Veinte
el jazz en México está presente, entrevistas con sus creadores hasta el veinte
del XXI hallará quien a este libro se acerque.
Despidámonos
nosotros con más música. Acerquémonos ahora a ese gran compositor, a ese santo
patrón de la bohemia que es el oaxaqueño Álvaro Carrillo. Esto es, al modo de
PPN, la canción UN POCO MÁS y luego de ello, como colofón, permítanme leerles
un soneto de un libro que acabo de publicar donde, creo, sintetizo eso que es
el espíritu del jazz desde nuestro país:
(ENTRA UN POCO
MÁS)
SUAVE ES EL
JAZZ (con la presencia de Ramón López Velarde)
YO QUE SIEMPRE
TOQUÉ SIN PARTITURA
DESNUDO
IMPROVISANDO EN CUALQUIER FORO
ALZO HOY LA
VOZ A LA MITAD DE UN CORO
Y NARRO CON
DETALLE LA AVENTURA.
SUAVE ES EL
JAZZ DESDE ESTA TIERRA DURA
FUERTE TAMBIÉN
COMO HA DE SERLO EL ORO
INDIO, NEGRO,
ESPAÑOL, LATINO, MORO
DE MESTIZA
RAÍZ, ESTO ES, MUY PURA.
EL TIEMPO DE
MI PATRIA ES SINCOPADO
LO QUE SE MIRA
SE OYE EN SUS MATICES
ARCOIRIS,
VOLCÁN, SONIDO ALADO
YA CELESTIAL
FESTÍN DE MERETRICES
O DIABÓLICO
SOLO CONSAGRADO
QUE CUENTA AL SAXOFÓN SUS
CICATRICES.
*Texto de
Alain Derbez aparecido el 23 de octubre de 2025 en https://alainderbez.wordpress.com/

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